Gente atropellándose en las calles. Niñas, niños y jóvenes sobreviviendo cada día al caos y a los abusos del transporte público. Lo viví en carne propia cuando estudiaba y vivía en Santa Cruz: cuerpos empujados, trayectos atravesados por el miedo, la sensación permanente de que la vida vale muy poco y ese estado de alerta constante, sobre todo al cruzar la calle, subir al micro, volver de noche a casa, etc.
Personas muriendo. Familias haciendo filas interminables en hospitales para conseguir un nebulizador (las colas que había que hacer en el hospital de la Villa, porque claro, no todas las familias tienen para comprar un nebulizador, al menos no en los años 90 o inicio de este siglo), un poco de oxígeno, un tratamiento para el asma o para alguna de las enfermedades que regresan una y otra vez —dengue, chikunguña y tantas otras pestes que terminan convirtiéndose en parte de la rutina.
Violencia normalizada. Y siempre alguien diciendo: “así es Bolivia”, “a todos nos pasa”, “ojalá aguante su cuerpo del pobrecito o la desgraciadita”. La falta de respeto por la vida se ha vuelto casi parte del paisaje cotidiano. Y mientras tanto, millones de personas simplemente intentando sobrevivir sin contaminarse de tanta rabia, de tanto odio, de tanto desgaste.
Algo que tiene que ver con nuestras formas de convivir. Con nuestra dificultad para cuidar al otro cuando piensa distinto. Con esa tendencia a creer que “el pueblo” pertenece solamente a algunas comunidades o sectores, como si el dolor histórico de unos invalidara la existencia y la dignidad de otros. Y entonces aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿quién es realmente el pueblo en una democracia?, ¿quién es el pueblo en la vida cotidiana de un país atravesado por culturas, historias y maneras tan distintas de entender el mundo?
También tiene que ver con hábitos, mañas y formas de relacionarnos que hemos aprendido y heredado durante generaciones, y que sentimos que ya no nos están haciendo bien.
Y no, no se trata de señalar únicamente a un grupo, una región o una identidad. Nadie que lastime a otro puede construir un país digno. Ponchos rojos, citadinos, magisterio, empresarios, sindicalistas, campesinos, dirigentes, élites, sectores populares, oficialismos u oposiciones, izquierdas, mancos, derechas, ambidiestros, etc.: todos necesitamos desaprender formas violentas de habitar el poder y el desacuerdo.
No podemos construir un país a punta de gasificaciones, piedrazos, insultos, heridos, muertos, rabia y frustración.
No podemos construir democracia desde el desprecio. Sabemos que detrás de muchas movilizaciones existen intereses políticos y económicos. Los analistas hablan de eso todos los días. Pero hay algo más que también nos preocupa: el deterioro humano que estamos normalizando. Nos preocupa cómo nos miramos entre bolivianos. Nos preocupa la facilidad con la que el odio ocupa nuestras palabras, nuestras redes y nuestras calles. Nos preocupa haber olvidado cómo cuidarnos.
Porque mientras discutimos el poder, la vida cotidiana de la gente se precariza. Los alimentos se deterioran en las carreteras mientras hay familias que no tienen qué comer. Se pierden cosechas enteras y el esfuerzo de campesinos, transportistas y comerciantes termina destruido entre bloqueos y enfrentamientos. Hay personas enfermas esperando llegar a un hospital. Hay niños que siguen asistiendo a clases con miedo. Hay madres angustiadas porque el dinero ya no alcanza. Hay ancianos haciendo filas eternas. Hay jóvenes creciendo en medio del desdén, la rabia y la incertidumbre, como si esa fuera la única manera posible de vivir en Bolivia, y en el mundo…
Y lo más doloroso es que nos estamos acostumbrando. Nos estamos acostumbrando a ver violencia en las calles, en las pantallas, a escuchar insultos como forma de debate, a calumniar a las personas, a convivir con el miedo, a vivir “con el Jesús en la boca”, esperando siempre la próxima crisis, el próximo bloqueo, el próximo enfrentamiento.
Necesitamos aprender a disentir sin destruirnos. Tal vez lo que necesitamos no son solamente más líderes o más discursos presidenciales con estrategias de pacificación temporal, negociación para lograr tregua. Tal vez necesitamos pedagogos del cuidado. Maestros del lenguaje y de la comunicación clara, honesta. Personas capaces de enseñarnos una palabra que construya y nos acerque nuevamente a la convivencia. No la palabra usada para imponerse, ganar un debate o diseñar una estrategia política. No el pensamiento convertido en arma. Sino la palabra como refugio, como puente, como abrazo.
Necesitamos personas capaces de recordarnos que la política debería existir para cuidar la vida. Para que no mueran niños por falta de atención médica. Para que las personas en los hospitales reciban medicamentos y oxígeno. Para que nadie tenga que comer alimentos deteriorados. Para que el trabajo y el esfuerzo de quienes producen la comida no terminen pudriéndose en las carreteras. Para que vivir en Bolivia deje de sentirse como sobrevivir permanentemente a una tormenta.
Serenidad para Bolivia: Lo anhelan nuestros sobrinos, hermanos, madres, tíos, primas, amigos, colegas, vecinos. Lo anhelan también quienes ya no están físicamente en Bolivia, pero viven cada día con angustia e impotencia por lo que ocurre allá, y porque también acá estamos sobreviviendo a un mundo en total descomposición, a la vulneración de derechos humanos para migrantes, etc. Lo anhelan los hijos y las hijas de nuestras amigas y amigos. Lo anhelamos quienes todavía creemos que este país merece algo distinto al cansancio permanente.
Y no, no somos ingenuos por anhelar algo tan básico en el ser humano: una vida tranquila, sin sobresaltos, sin arrebatos diarios que deterioran la salud física y mental de las personas.
Siento que todos estamos cansados. Y quizá por eso necesitamos recordar cuánto nos necesitamos unos a otros para alcanzar ese anhelo. Cuánto necesitamos cuidarnos, no mentirnos más, sanar nuestras heridas, acompañarnos en la enfermedad, sostenernos en medio del miedo y recuperar un cierto sosiego mientras atravesamos la restauración de un país desfalcado; de un país que muchas veces parece haber nacido roto y que, aun así, insiste en seguir siendo.
Necesitamos atravesar con paciencia la restitución de la confianza mutua, porque esa tarea no depende solamente de un presidente, de un sindicato o de un grupo que se atribuya la representación exclusiva del “pueblo”. La democracia también requiere respeto, escucha y paciencia.
Porque quizá la tarea más urgente no sea solamente reconstruir instituciones, sino reconstruir nuestra manera de convivir. Entender, de una vez por todas, que la democracia también habita los gestos cotidianos: dejar descansar al vecino, bajar el volumen del parlante, limpiar tu vereda, dejar de convertir las calles en un campo de agresión permanente, no tirar basura por la ventana del micro, respetar el cuerpo de las niñas y adolescentes que suben hacinadas al transporte público para llegar a la escuela o al trabajo, dejar de acosar y gritar piroperíos en la calle a una mujer, a un muchacho.
La democracia también implica educar la mirada, las manos, el lenguaje y los deseos. Aprender a no invadir, no manosear, no violentar la vida ajena. Moderar esa necesidad desmesurada de poseer, controlar o imponerse sobre otros, incluso cuando se habla en nombre del poder, del gobierno o del “pueblo”. Porque ningún proyecto político podrá devolver dignidad a un país si seguimos destruyéndonos en la convivencia diaria.
Y quizá lo que más necesitamos hoy no sea solamente disputar el poder, sino recuperar la tranquilidad indispensable para reconstruirnos; salir del desfalco económico, social y humano en el que vivimos, y volver a hacer posible una vida más habitable para todos.
