¿Cuándo seremos un país sosegado?
 
¿Cuándo experimentaremos, como bolivianos, esa serenidad profunda de saber que el país donde vive nuestra familia —y donde todavía habitan nuestros sueños, aunque las crisis nos hayan obligado a marcharnos— será algún día un lugar seguro? ¿Cuándo sentiremos tranquilidad al caminar por nuestras ciudades, al dormir y despertar, sabiendo que nuestras vidas están a salvo y que vivir en Bolivia no significa permanecer siempre al borde del miedo, la incertidumbre o la supervivencia?
 
Pensamos en Bolivia y sentimos que somos como esas familias donde nunca hay tranquilidad. Esas familias donde siempre llega alguien borracho, drogado o delirando poder; pateando puertas, golpeando a la madre o a los hijos, generando sobresaltos, miedo y arrebatos en el cuerpo y en la mente de quienes habitan ese hogar.
 
Así recordamos a nuestro país desde que tenemos uso de razón, y a nuestros padres, tíos, abuelos, madres, tías, trabajando duro, para apenas cubrir los gastos de subsistencia, porque la economía boliviana es una economía de subsistencia, la de la mayoría de las familias bolivianas es una realidad de precariedad, sacrificios, renuncia, postergación o dilatación de sueños, metas, etc. 
 

Gente atropellándose en las calles. Niñas, niños y jóvenes sobreviviendo cada día al caos y a los abusos del transporte público. Lo viví en carne propia cuando estudiaba y vivía en Santa Cruz: cuerpos empujados, trayectos atravesados por el miedo, la sensación permanente de que la vida vale muy poco y ese estado de alerta constante, sobre todo al cruzar la calle, subir al micro, volver de noche a casa, etc.

Personas muriendo. Familias haciendo filas interminables en hospitales para conseguir un nebulizador (las colas que había que hacer en el hospital de la Villa, porque claro, no todas las familias tienen para comprar un nebulizador, al menos no en los años 90 o inicio de este siglo), un poco de oxígeno, un tratamiento para el asma o para alguna de las enfermedades que regresan una y otra vez —dengue, chikunguña y tantas otras pestes que terminan convirtiéndose en parte de la rutina.

Violencia normalizada. Y siempre alguien diciendo: “así es Bolivia”, “a todos nos pasa”, “ojalá aguante su cuerpo del pobrecito o la desgraciadita”. La falta de respeto por la vida se ha vuelto casi parte del paisaje cotidiano. Y mientras tanto, millones de personas simplemente intentando sobrevivir sin contaminarse de tanta rabia, de tanto odio, de tanto desgaste.

Son años. Décadas. Siglos incluso.
 

Desde que Bolivia existe, pareciera que vivimos entre sobresaltos: en nuestros hogares, en las calles, en la política, incluso en nuestras maneras de relacionarnos unos con otros. Y por eso considero que aquí hay algo más profundo que lo únicamente político, estructural, estratégico o partidario. Hay algo profundamente humano que necesita ser revisado.

Algo que tiene que ver con nuestras formas de convivir. Con nuestra dificultad para cuidar al otro cuando piensa distinto. Con esa tendencia a creer que “el pueblo” pertenece solamente a algunas comunidades o sectores, como si el dolor histórico de unos invalidara la existencia y la dignidad de otros. Y entonces aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿quién es realmente el pueblo en una democracia?, ¿quién es el pueblo en la vida cotidiana de un país atravesado por culturas, historias y maneras tan distintas de entender el mundo?

También tiene que ver con hábitos, mañas y formas de relacionarnos que hemos aprendido y heredado durante generaciones, y que sentimos que ya no nos están haciendo bien.

Y no, no se trata de señalar únicamente a un grupo, una región o una identidad. Nadie que lastime a otro puede construir un país digno. Ponchos rojos, citadinos, magisterio, empresarios, sindicalistas, campesinos, dirigentes, élites, sectores populares, oficialismos u oposiciones, izquierdas, mancos, derechas, ambidiestros, etc.: todos necesitamos desaprender formas violentas de habitar el poder y el desacuerdo.

Porque sospecho —incluso en medio de tanta dureza— que, en el fondo, casi nadie quiere vivir así. Y sí, el mal existe. La crueldad existe. La manipulación existe. Necesitamos mirarlas de frente, agarrar el toro por las astas, como se dice. Pero también necesitamos preguntarnos por qué hemos llegado a normalizar tanto sufrimiento y por qué seguimos reproduciendo formas de convivencia que nos hieren una y otra vez.

No podemos construir un país a punta de gasificaciones, piedrazos, insultos, heridos, muertos, rabia y frustración.

No podemos construir democracia desde el desprecio. Sabemos que detrás de muchas movilizaciones existen intereses políticos y económicos. Los analistas hablan de eso todos los días. Pero hay algo más que también nos preocupa: el deterioro humano que estamos normalizando. Nos preocupa cómo nos miramos entre bolivianos. Nos preocupa la facilidad con la que el odio ocupa nuestras palabras, nuestras redes y nuestras calles. Nos preocupa haber olvidado cómo cuidarnos.

Porque mientras discutimos el poder, la vida cotidiana de la gente se precariza. Los alimentos se deterioran en las carreteras mientras hay familias que no tienen qué comer. Se pierden cosechas enteras y el esfuerzo de campesinos, transportistas y comerciantes termina destruido entre bloqueos y enfrentamientos. Hay personas enfermas esperando llegar a un hospital. Hay niños que siguen asistiendo a clases con miedo. Hay madres angustiadas porque el dinero ya no alcanza. Hay ancianos haciendo filas eternas. Hay jóvenes creciendo en medio del desdén, la rabia y la incertidumbre, como si esa fuera la única manera posible de vivir en Bolivia, y en el mundo…

Y lo más doloroso es que nos estamos acostumbrando. Nos estamos acostumbrando a ver violencia en las calles, en las pantallas, a escuchar insultos como forma de debate, a calumniar a las personas, a convivir con el miedo, a vivir “con el Jesús en la boca”, esperando siempre la próxima crisis, el próximo bloqueo, el próximo enfrentamiento.

Bolivia necesita restaurar la democracia, sí. Pero, sobre todo, necesita restaurar la confianza. La confianza entre personas de distintos departamentos, culturas, lenguas, historias y maneras de entender el mundo. Necesitamos volver a escucharnos de verdad. Y escuchar de verdad no es esperar el turno para responder desde nuestros prejuicios. Escuchar implica vaciarnos un poco. Desaprender. Soltar algunas mañas políticas, ciertas imposturas y hábitos violentos que hemos heredado durante generaciones.

Necesitamos aprender a disentir sin destruirnos. Tal vez lo que necesitamos no son solamente más líderes o más discursos presidenciales con estrategias de pacificación temporal, negociación para lograr tregua. Tal vez necesitamos pedagogos del cuidado. Maestros del lenguaje y de la comunicación clara, honesta. Personas capaces de enseñarnos una palabra que construya y nos acerque nuevamente a la convivencia. No la palabra usada para imponerse, ganar un debate o diseñar una estrategia política. No el pensamiento convertido en arma. Sino la palabra como refugio, como puente, como abrazo.

Necesitamos personas capaces de recordarnos que la política debería existir para cuidar la vida. Para que no mueran niños por falta de atención médica. Para que las personas en los hospitales reciban medicamentos y oxígeno. Para que nadie tenga que comer alimentos deteriorados. Para que el trabajo y el esfuerzo de quienes producen la comida no terminen pudriéndose en las carreteras. Para que vivir en Bolivia deje de sentirse como sobrevivir permanentemente a una tormenta.

Serenidad para Bolivia: Lo anhelan nuestros sobrinos, hermanos, madres, tíos, primas, amigos, colegas, vecinos. Lo anhelan también quienes ya no están físicamente en Bolivia, pero viven cada día con angustia e impotencia por lo que ocurre allá, y porque también acá estamos sobreviviendo a un mundo en total descomposición, a la vulneración de derechos humanos para migrantes, etc. Lo anhelan los hijos y las hijas de nuestras amigas y amigos. Lo anhelamos quienes todavía creemos que este país merece algo distinto al cansancio permanente.

Y no, no somos ingenuos por anhelar algo tan básico en el ser humano: una vida tranquila, sin sobresaltos, sin arrebatos diarios que deterioran la salud física y mental de las personas.

Podría escribir análisis políticos, sociológicos, educativos o estratégicos. Podríamos discutir teorías sobre democracia, gobernabilidad o sistemas de poder. Pero hoy decido escribir, sobre todo, como una persona que anhela algo mucho más simple y urgente: que podamos respirar en paz y vivir con un poco de tranquilidad. Que las familias puedan pagar sus deudas, sostener la hipoteca de sus casas, cubrir el alquiler, la luz y el agua. Que puedan acceder a los tratamientos y medicamentos que necesitan. Que se permita trabajar a quienes están intentando salir adelante y que existan más oportunidades y empleo para la gente.

También anhelo que dejemos de incendiar los montes, de destruir los ríos y de arrasar ecosistemas enteros como si la tierra no fuera también parte de la vida que necesitamos cuidar.

Siento que todos estamos cansados. Y quizá por eso necesitamos recordar cuánto nos necesitamos unos a otros para alcanzar ese anhelo. Cuánto necesitamos cuidarnos, no mentirnos más, sanar nuestras heridas, acompañarnos en la enfermedad, sostenernos en medio del miedo y recuperar un cierto sosiego mientras atravesamos la restauración de un país desfalcado; de un país que muchas veces parece haber nacido roto y que, aun así, insiste en seguir siendo.

Necesitamos atravesar con paciencia la restitución de la confianza mutua, porque esa tarea no depende solamente de un presidente, de un sindicato o de un grupo que se atribuya la representación exclusiva del “pueblo”. La democracia también requiere respeto, escucha y paciencia.

Porque quizá la tarea más urgente no sea solamente reconstruir instituciones, sino reconstruir nuestra manera de convivir. Entender, de una vez por todas, que la democracia también habita los gestos cotidianos: dejar descansar al vecino, bajar el volumen del parlante, limpiar tu vereda, dejar de convertir las calles en un campo de agresión permanente, no tirar basura por la ventana del micro, respetar el cuerpo de las niñas y adolescentes que suben hacinadas al transporte público para llegar a la escuela o al trabajo, dejar de acosar y gritar piroperíos en la calle a una mujer, a un muchacho.

La democracia también implica educar la mirada, las manos, el lenguaje y los deseos. Aprender a no invadir, no manosear, no violentar la vida ajena. Moderar esa necesidad desmesurada de poseer, controlar o imponerse sobre otros, incluso cuando se habla en nombre del poder, del gobierno o del “pueblo”. Porque ningún proyecto político podrá devolver dignidad a un país si seguimos destruyéndonos en la convivencia diaria.

Y quizá lo que más necesitamos hoy no sea solamente disputar el poder, sino recuperar la tranquilidad indispensable para reconstruirnos; salir del desfalco económico, social y humano en el que vivimos, y volver a hacer posible una vida más habitable para todos.

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