Este sábado 30 de mayo, a las 18:00, presentaré mi nuevo libro de cuentos Respirar es un pacto en el Salón Juana Azurduy de la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, junto al Grupo Editorial Santillana.

 

En esta presentación me acompañarán, en un diálogo abierto alrededor de Respirar es un pacto, los escritores Roberto Navia, Gigia Talarico y Homero Carvalho, el ambientalista chiquitano Eder Santibañez, junto a Montse Esteban y las lectoras Davinia Vaca y Vittoria dos Santos, quienes compartirán una lectura cercana y sensible de los cuentos.

La conversación recorrerá los espacios, rituales y aventuras que atraviesan la Chiquitania antes de la devastación actual, un territorio vivo y mágico donde la naturaleza, la memoria, los afectos y el misterio acompañan el despertar de sus personajes. Desde distintas miradas, el encuentro abrirá una reflexión sobre las formas profundas de habitar el mundo, el deseo de que estos territorios sigan existiendo y la esperanza de que la vida logre imponerse a las batallas contra la devastación ambiental, escuchando aquello que todavía respira en los vínculos entre los seres humanos, la tierra y la memoria.

Participaré online, desde Salamanca, España, en un encuentro que deseo sea también una celebración de la palabra, de la lectura compartida y de ese pacto silencioso que significa respirar juntos a través de las historias.

Quiero acompañar esta invitación con las palabras que escribió María José Bruña Bragado, profesora titular de la Universidad de Salamanca, como lectura e introducción a este libro. Un texto que entra en el corazón de estos cuentos con una sensibilidad profunda y luminosa.

Los cuentos de Claudia Vaca no solo están hechos de la materia de la experiencia y de su hondo conocimiento del lenguaje e imaginario de las culturas y lenguas de Bolivia y Latinoamérica, sino que tienen el aliento vivo y el brillo de lo auténtico, respiran como un animal poético verdadero, de la misma manera que lo hacen el monte, los ríos, el volcán, el jaguar, la naturaleza toda. La articulación de su prosa, delicada, pausada, medida, reflexiva, tiene también el ritmo, la sensibilidad y la armonía de la respiración consciente, la cualidad del sueño y la imaginación volandera. Como quieren algunas críticas ecofeministas, por ejemplo, las lúcidas Vandana Shiva o Luce Irigaray, su pensamiento siempre es un pensamiento encarnado, acuerpado en la naturaleza reina, sensible, y alerta sobre los peligros de la herida contemporánea, del ruido de nuestros tiempos.

Estas historias pensadas como una suerte de rito de iniciación o pasaje para adolescentes que pasan a la edad adulta son pequeñas alegorías sensoriales que pretenden hacer despertar del letargo, cuestionar prácticas culturales y sociales para abrir los sentidos al mundo, en el que es posible vivir de una manera simbiótica, más verdadera, a partir de la observación y la memoria consciente; es posible habitar sin hostilidad ni apatía, desde los afectos y las emociones, como propone Sara Ahmed. Madres, hijos, abuelas curanderas, campanas respiran hacia un bienestar emocional y una sintonía receptiva y comunitaria fundirnos con la naturaleza como lo hace Claudia en su fina narrativa y poética, estableciendo diálogo con lo animal, con lo vegetal.

Rosalía de Castro nos advertía ya que en su poema de En las orillas del Sar: “Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros, / Ni la onda con sus rumores, ni con su brillo los astros, / Lo dicen, pero no es cierto”. Por su parte, más recientemente, la neurocientífica Nazareth Castellanos nos habla de siete y no de cinco sentidos. Los dos que todavía desconocemos nos hacen mirar bien adentro, observar también, con detenimiento, hacia afuera: nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra relación con el entorno siempre en movimiento.

De la misma manera, Claudia invita a oler, sentir, tocar, a ser presencia, a encuerparse con el viento, con el agua, con el latido, a recordar la importancia de las emociones, los cuidados, los afectos, a combatir el dolor, la ausencia y la soledad creando vínculos con otros seres humanos y con la madre tierra. Sus imágenes, de extraordinaria delicadeza lírica, evocan la sabiduría y un tiempo antiguo que nos enseñan, solo si escuchamos, solo si observamos, solo si los humanos dejamos de considerarnos el centro.

La narrativa y poética de Claudia Vaca comparten una misma consistencia profunda, había leído antes su poesía, y al acercarme ahora a su narrativa reconozco la misma columna —acuática, vegetal— que sostiene ambos registros. Hay en su escritura una continuidad orgánica, como si la lengua brotara del mismo manantial en cualquier género que toque. Ese don, tan poco frecuente en buena parte de la literatura que hoy se publica, se manifiesta en la delicadeza con que se adentra en la piel, en el agua, en las texturas íntimas de lo vivo. Su prosa, como sus poemas, respiran: avanza con una belleza silenciosa que no se impone, sino que se infiltra y permanece.

Estos cuentos son oído, piel, ojos, manos despiertos para aprender a habitar el mundo de otra manera, con un asombro renovado, con una escucha renovada, con amor, con curiosidad, con inocencia, que no ingenuidad, para aprehender también, siempre de forma colectiva admirando la naturaleza.

 Porque no se puede dar por hecho el milagro de estar vivos, porque como dice la narrativa de Claudia y el personaje de Asuen Ralip en estos cuentos: “respirar es un pacto”.

 

El trillo frente a casa en Roboré de Chiquitos, caminándolo 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *