En El regreso: Un canto dominicano, Rafael Pineda articula una poética de amplio aliento que se inscribe en la tradición de la lírica histórica latinoamericana. El libro despliega una escritura que oscila entre la épica, la elegía y la poesía testimonial, configurando un discurso donde la nación dominicana no es mero escenario sino sujeto activo de la enunciación.

Desde una perspectiva estética, la obra recupera procedimientos propios del canto coral: reiteraciones enfáticas, anáforas, consignas y estructuras acumulativas que producen un efecto de expansión rítmica. El uso de estribillos (“No lo robarán”, “¡Quemen Santiago!”) no responde solo a una estrategia expresiva sino a una concepción performativa del poema: la palabra no describe la historia, la convoca. Esta dimensión oral aproxima el texto a la tradición del canto popular y al poema civil de largo aliento.

El eje estructurante del libro es la memoria como categoría ética y política. En las elegías dedicadas a figuras históricas y en los pasajes que revisitan episodios de violencia, exilio y resistencia, la memoria se erige como acto de justicia simbólica. En esta perspectiva, la obra puede leerse a la luz de las reflexiones de Paul Ricoeur, para quien memoria y responsabilidad se entrelazan en una dimensión ética del recuerdo, así como de Maurice Halbwachs, cuya noción de memoria colectiva subraya que el recuerdo es siempre una construcción social. Pineda problematiza el olvido no solo como ausencia sino como operación deliberada de poder, en un sentido cercano a las concepciones del archivo desarrolladas por Michel Foucault: lo que se recuerda y lo que se silencia responde a regímenes de enunciación históricamente configurados. En este marco, la poesía funciona como archivo alternativo y contra-historia, preservando nombres y gestos que la narrativa oficial tiende a diluir, en consonancia con las “luchas por la memoria” estudiadas por Elizabeth Jelin en contextos de violencia y trauma colectivo.

En términos intertextuales, la obra dialoga con la tradición de la épica moderna latinoamericana —visible en la impronta de Pablo Neruda y Pedro Mir— particularmente en la aspiración de fundir biografía individual e historia colectiva, gesto que también puede vincularse con la poesía testimonial de Roque Dalton y con la reescritura identitaria propuesta por Aimé Césaire. Sin embargo, Pineda introduce un énfasis distintivo: la insistencia en el regreso como figura estructural. El retorno no es solo geográfico; es ontológico y moral. En esta dimensión, su propuesta puede ponerse en diálogo con la reflexión sobre el exilio de Edward Said y con la concepción de la comunidad histórica como espacio imaginado desarrollada por Benedict Anderson. Regresar implica, así, restituir la memoria, reactivar la conciencia y reinscribir al sujeto en la comunidad histórica, configurando la poesía como un acto de reapropiación simbólica del pasado y de rearticulación ética del presente.

La voz poética adopta un tono declarativo, a menudo cercano a la proclama, que privilegia la claridad semántica sobre la ambigüedad hermética. Este gesto estético se corresponde con una ética de la comunicación: el poema busca interpelar a una colectividad amplia, no a un círculo restringido. Así, la dimensión pedagógica y política no cancela la literariedad, sino que la orienta hacia la construcción de una épica contemporánea.

Rafael Pineda propone una escritura que asume la responsabilidad de recordar, de nombrar y de afirmar. En esa operación, la lírica se transforma en territorio de resistencia simbólica y en acto de fidelidad a la historia viva de la nación dominicana.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *