Richie Morales y Beth Racette presentaron en Madison (EE. UU.) la exposición The Pulse of Life: Diastole and Systole, una propuesta donde el arte visual se piensa como pulso: contracción y expansión, herida y persistencia, violencia histórica y posibilidad de vida.

La muestra tuvo lugar del 2 de enero al 21 de febrero de 2026 en Arts + Literature Laboratory 

 

Este post no funciona como reseña ni como catálogo. Funciona como campo de diálogo.
En él conviven tres registros: el pictórico, el poético y el crítico. Ninguno explica al otro. Se tensan.

Dioses postmodernos

(Texto de Richie Morales en diálogo con Geraldine Paredes Vásquez)

¿Hacia dónde vamos como sociedad en este desenfreno de violencia?
¿Qué significa Dios en la modernidad?
¿A quiénes benefician las guerras en el mundo?

La intersección entre religión y política en los Estados Unidos revela una ética y moral disonante, donde la necesidad de portar armas se entrelaza con la fe. Las armas, por ejemplo, han adquirido un estatus casi divino en ciertos sectores de la sociedad, particularmente en Estados Unidos, donde la Segunda Enmienda garantiza el derecho a poseerlas. Esta idolatría de la violencia y el poderío militar se ha convertido en un símbolo de fuerza y seguridad, generando una sociedad cada vez más agresiva y violenta.

El complejo militar-industrial hace de las guerras en todo el mundo un negocio muy rentable, creando una especie de necro-economía mundial. En mi país de origen, Guatemala, el Conflicto Armado Interno entre 1954 y 1996 fue en realidad una guerra civil impuesta sobre el pueblo guatemalteco para proteger intereses privados de corporaciones como la United Fruit Company. En los más de cuarenta años de su duración se calculan alrededor de doscientas cincuenta mil muertes, poblaciones enteras diezmadas por décadas de violencia financiada por los Estados Unidos y corporaciones multinacionales.

La producción y venta de armas es otra macabra dimensión de la necro-economía mundial. El modelo de arma IWI Galil, que fue la principal arma utilizada durante los años del conflicto interno de Guatemala, ha sido también utilizada para expandir muerte y violencia en Nicaragua, El Salvador, Somalia, Tailandia, Congo, Afganistán, Iraq, Filipinas, Colombia, Nepal, República Central de África y Gaza.

Los conflictos armados y guerras proxy son el principal núcleo de los crecientes movimientos migratorios en el mundo. Cada año millones de personas se ven forzadas a escapar de la violencia impuesta en sus territorios de origen. En la mayoría de los casos escapan de décadas de violencia impuesta sobre ellos, irónicamente generada o financiada por los principales países de destino migratorio en el mundo.

Ante esta situación, la primera respuesta para mí es que como personas reflexionemos y nos atrevamos a ver la realidad violenta en la que vivimos tal y como es. Esta es la semilla de la que surgen acciones y movimientos de resistencia cada día. Quizá estas respuestas se invisibilizan en la disonancia de una sociedad que parece aún empecinada en buscar seguridad por la fuerza y el abuso de poder. Sin embargo, son precisamente las acciones de honestidad, empatía, solidaridad y coraje aquellas que nos recuerdan que la humanidad todavía existe y que no todo lo profundo y sagrado se ha perdido.

NECROECONOMÍA

(Texto de Claudia Vaca en Diálogo crítico-poético con la obra)

Este texto no busca explicar.
Busca interpelar.

Ante esta situación, la primera respuesta —para mí— es detener el cuerpo y obligarlo a mirar. Mirar de frente la realidad violenta en la que vivimos, sin filtros, sin metáforas tranquilizadoras, sin la distancia segura del discurso. Nombrar la violencia es ya una forma de desobediencia.

La necro-economía opera en silencio: administra la muerte, la distribuye, la vuelve rutina. Convierte la precariedad en norma, el miedo en herramienta, los cuerpos en recursos agotables. Aquí, la violencia no es un exceso: es el método.

Las acciones de resistencia existen, aunque no siempre se vean. Emergen en gestos mínimos, en alianzas frágiles, en prácticas que no buscan permiso ni legitimación. Son respuestas que quedan fuera del encuadre dominante, opacadas por una sociedad que insiste en llamar seguridad al control, estabilidad al abuso, orden a la supresión de la vida.

Este espacio —esta sala, este tiempo, este cuerpo presente— no es neutral. Es un campo de fricción. El arte aquí no representa la violencia: la confronta. No la estetiza: la expone. No la consume: la devuelve al espectador como responsabilidad.

Frente a una economía que extrae, agota y desecha, este gesto insiste. Insiste en la honestidad radical, en la empatía encarnada, en la solidaridad que se arriesga, en el coraje que incomoda. Insiste en recordar que la humanidad no ha sido completamente erradicada, que no todo lo profundo ni lo sagrado ha sido absorbido por la lógica de muerte.

La obra no ofrece consuelo.
Ofrece presencia.

Y en esa presencia —incómoda, vulnerable, insistente— se abre una grieta: un lugar donde la vida, todavía, se niega a ser administrada.

Y, sin embargo, esta presencia no nos absuelve. La obra insiste como una reflexión incómoda sobre la genealogía de la violencia vuelta rentable, sobre su circulación como mercancía y la barbarie que se expande en un mundo atravesado por guerras multipolares. No señala únicamente a los grandes dispositivos de poder: nos devuelve la pregunta. La de nuestra responsabilidad —directa o indirecta— en esta economía de muerte. Porque esta humanidad que todavía somos no mira desde fuera. Late dentro del sistema que denuncia, incluso cuando intenta sostener la mirada.

A continuación algunas fotografías de la exposición y obra de Richie Moreles.

 

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