Ante las convulsiones que atraviesan hoy los cuerpos-Estado en distintos rincones del planeta, asistimos a un fenómeno simultáneo: polos ideológicos enfrentados y, a la vez, extrañamente sincronizados en su incapacidad de ofrecer respuestas de fondo. La crisis se manifiesta como descargas eléctricas que recorren el cerebro social, alteran su motricidad y fragmentan su habla pública. Frente a este cuadro, el remedio aplicado con demasiada frecuencia por los soberanos de turno ha sido enviar a sus “enfermeros”: fuerzas militares y policiales destinadas a “poner orden” en mentes y cuerpos sublevados.

¿A dónde acudimos cuando la institución que debería protegernos es la que nos daña? ¿En quién depositamos la seguridad y la administración de los recursos, bienes y servicios de un territorio que también nos pertenece? Estas preguntas no son retóricas: revelan la fisura entre la promesa del Estado y la experiencia cotidiana de sus habitantes.

La idea de Estado surge hace aproximadamente cinco siglos, en paralelo a la consolidación de la escritura administrativa, la codificación religiosa y el crecimiento de las ciudades. Desde entonces ha adoptado múltiples formas —monarquía, aristocracia, democracia, entre otras— y diversas justificaciones para su existencia, que oscilan entre el derecho divino al poder y la teoría del contrato social formulada por Thomas Hobbes en 1651. Los mapas se han redibujado una y otra vez; las crisis, algunas más sangrientas que otras, han sido parte constitutiva de su historia.

Según el Diccionario de Política de Bobbio y Matteucci (1999), el Estado moderno es hoy la forma predominante de organización política. Se trata de una experiencia humana ensayada durante cinco siglos. ¿Continuaremos sin revisar sus fundamentos? Resulta urgente ejercitar una pedagogía de la memoria —dentro y fuera de las aulas— que permita comprender el presente sin amputar el pasado.

Volver a Hobbes y a su Leviatán no exige ser politólogo ni científico social; basta con ser ciudadano interesado en comprender mejor su tiempo. La lectura compartida y la formación de grupos de estudio pueden convertirse en herramientas de deliberación pública. En el capítulo primero, dedicado a la naturaleza humana, Hobbes describe instintos, deseos y mecanismos de experiencia que dialogan hoy con la antropología del cerebro, la neuroeducación y los debates contemporáneos sobre salud mental y poder. Política y pedagogía aparecen así estrechamente vinculadas.

Para Hobbes, la experiencia se forma por la repetición de hechos que se almacenan en la memoria. De ese reservorio surgen emociones, imágenes y anticipaciones que permiten simular escenarios futuros y desarrollar prudencia —entendida no como miedo, sino como autocuidado informado—. El ser humano actúa intentando evitar resultados indeseados ya sufridos; en ello reside una dimensión profundamente pedagógica del pensamiento político.

Un elemento acelera este proceso colectivo de aprendizaje: la palabra. El lenguaje posibilita el tránsito de lo mental a lo verbal, de lo íntimo a lo compartido. Allí emerge la verdad entendida como experiencia común, no como dogma inmutable. Dialogar, entonces, no es accesorio sino constitutivo de la vida pública.

En tiempos de marchas, paros y movilizaciones, ejercitar una pedagogía de la memoria implica no repetir consignas gloriosas de caudillos ni promover mesianismos domésticos o nacionales. Liderar no es gritar más ni imponer por la fuerza. La aclamación de conductas violentas ha contribuido históricamente a la legitimación de gobiernos sordos a las demandas ciudadanas, proclives a la militarización y al lenguaje bélico, escenarios que erosionan la confianza social y el descanso cotidiano.

Las definiciones clásicas y modernas del Estado, desde el siglo XV, comparten un denominador común: el monopolio legítimo de la fuerza. Violencia, poder y coerción orbitan su campo semántico. Un ejercicio de análisis textual en corpus políticos y filosóficos revela la persistencia de estas asociaciones. La producción académica no ha estado exenta de este sesgo histórico.

Esa matriz de fuerza —con variaciones y actualizaciones— continúa operando en la mayoría de los países. Lo que suele estar en riesgo es siempre lo mismo: la vida, humana y no humana. Hoy, además, esta tensión se amplifica en un escenario global atravesado por guerras multipolares, disputas geopolíticas prolongadas y una multicrisis que combina emergencia climática, precarización económica, crisis sanitaria, inestabilidad energética y transformaciones tecnológicas aceleradas. No se trata de conflictos aislados, sino de una constelación de fracturas simultáneas que redefine el equilibrio mundial.

En este contexto se intensifican fenómenos que evidencian la fragilidad estructural de los sistemas de protección social: migraciones masivas forzadas por la guerra, el hambre o el colapso ambiental; infanticidios y feminicidios que revelan la persistencia de violencias íntimas y normalizadas; redes de trata y tráfico de menores que operan a escala transnacional; escándalos de abuso de poder y explotación sexual vinculados a élites económicas y políticas que rara vez enfrentan sanciones proporcionales; y sistemas de ayudas sociales en países considerados desarrollados que, atrapados en laberintos burocráticos, llegan tarde o nunca, cuando el solicitante ya ha perdido la salud, la vivienda o incluso la vida. Estas realidades no son anomalías periféricas, sino síntomas de un modelo institucional que, con frecuencia, administra papeles con mayor eficiencia que vidas humanas.

Salir a las calles no basta; el momento histórico exige también leer, analizar y mirar en perspectiva al menos los últimos cinco siglos. Las advertencias de la literatura distópica y de la ciencia ficción sobre vigilancia, manipulación y alienación no fueron meras fantasías: funcionaron como espejos anticipados de posibilidades humanas.

Cuando el Estado responde a la expresión de necesidades básicas con represión o desdén, se produce una sordera institucional que impide reconocer demandas elementales: dignidad, respeto, acceso efectivo a derechos. La burocracia, sostenida por impuestos ciudadanos, pierde legitimidad cuando no resuelve con eficacia aquello para lo cual fue creada.

Las convulsiones actuales reúnen reclamos políticos, jurídicos, económicos, educativos, sanitarios y medioambientales. Todos convergen en una palabra: vivir. La vida no es solo desplazarse por un territorio ni cumplir funciones productivas bajo estrés permanente. Es también cooperación, salud, tiempo, comunidad y horizonte compartido.

La metáfora del cuerpo-Estado enfermo dialoga con los cuerpos que marchan. No se trata únicamente de etiquetas identitarias o económicas, sino de un problema estructural con siglos de antigüedad: instituciones que operan bajo premisas arcaicas, legitimando la fuerza antes que la escucha. El paralelismo con sistemas educativos rígidos no es casual: donde falta diálogo, florece la confrontación.

El mundo exhibe heridas visibles. Confiar ciegamente en procedimientos electorales o en procesos constituyentes sin revisión crítica puede resultar insuficiente cuando las lógicas de administración pública se perciben caducas. La conciencia social ha avanzado de manera desigual, mientras muchas instituciones permanecen inmutables.

El siglo XXI demanda mecanismos distintos, respuestas libres de burla, desidia e insulto. Exige una transformación en la comunicación misma: lenguaje, palabra y salud mental como ejes. No todo cambio nace en parlamentos o urnas; también emerge en prácticas culturales, educativas y comunitarias. Las formas tradicionales de protesta, heredadas de siglos de guerras y revoluciones, no pueden constituir nuestro único idioma político. El desafío, como se ha dicho, es transitar del Estado moderno al Estado profundo.

La violencia estructural —la del silencio y la resignación— también es violencia. Convertirla en consigna perpetua solo reproduce la lógica que se pretende superar. Las banderas y los nacionalismos, útiles en ciertos contextos históricos, pueden transformarse en dispositivos de división cuando eclipsan la cooperación humana. Mientras la atención se concentra en el adversario inmediato, los recursos comunes se concentran en pocas manos.

Estamos ante una encrucijada civilizatoria. Encontrar nuevas palabras, acciones y mecanismos exige introspección colectiva y creatividad pública. Escribir, dialogar, imaginar sistemas que permitan una vida tranquila y digna implica dejar atrás estructuras que ya no responden a nuestras necesidades. La convulsión actual también revela un avance: la pérdida del miedo. El siguiente paso requiere imaginación política y colaboración entre personas, más allá de fronteras y banderas.

El porvenir no está predeterminado. La pregunta abierta es si elegiremos ayudarnos como humanidad o persistir en las divisiones que nos han traído hasta aquí.

 

3 comentarios en «Del Estado moderno al Estado Profundo»

  1. Clau me quedo con dos ideas:
    1ro. Implementar en la Educacion el análisis critico de libros sobre política
    2do. Nos ayudaremos entre humanos sin importar el pais que sea?
    Excelente reflexión para esta crisis que estamos viviendo varios paises en el mundo entero.

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